martes, 8 de mayo de 2007

Incongruencia discursiva (rsd)

El primer partido de fútbol al que me llevaron fue Millonarios-Nacional, debía ser 1990, y con seis años de edad, se despertó en mí el azul y blanco. Desde entonces lo digo orgulloso, SOY DEL CUADRO EMBAJADOR. Cuando llegué a los quince años de edad, y en esas rebeldías que solo trae consigo la pubertad, me convertí en un asiduo hincha y miembro de los Comandos Azules -para los que conocen poco de fútbol colombiano esta es la barra brava de millonarios-.

Las barras, desde hace más o menos 20 años -en el mundo- y 13 en Colombia, se han ido convirtiendo en un importante jugador de los partidos, dije bien jugador (el número 12, por eso el nombre de LA 12 de Boca Juniors de Argentina), el poder que pueden desplegar más de 20.000 personas alentando a un equipo al unísono, puede ser mas temeroso que un discurso de Uribe. Por eso se habla del poder de ser local, no solo es la geografía conocida, el suelo adaptado a los taches, es el calor de hogar que solo los hinchas pueden darle a su equipo. Sin embargo, al parecer aquí en Colombia, en especial Bogotá -que es la plaza que conozco-, esto se ha olvidado por completo.

La barra de los comandos pasó de ser un poderoso grupo de hinchas dando vítores al equipo a ser un nido de corrupción en boletería, criminalidad e impunidad, aberraciones y malas direcciones, un ejemplo de decadencia. No comentaré las notas del tiempo sobre los crímenes de las barras, hace solo 20 días fue asesinado a cuchillos un hincha de comandos, en manos de otro. Ni siquiera voy a hablar de los subsidios del club para que sus barras bravas entren gratis mientras los padres de familia prefieren ver los partidos por TV Cable o los goles en la Tele Polémica. Hoy voy a hablar de la incongruencia discursiva en la existencia de "barras bravas" como los Comandos, Blue Ray, Pinzas, Trinchera Norte, Aguante Azul entre otras.

Estas mal llamadas bravas fueron pasando ha ser un ejemplo irrefutable de bochornoso seguimiento a un equipo. Los cantos ya ni siquiera alientan al Azul y Blanco, ahora ofenden a jugadores, cuerpo técnico, directivos, árbitros -brillante sensatez meterse con la madre del arbitro que dirige el partido- y al contrincante. Se oye más del lado de Millonarios palabras como "provincianos", "aborto de chulo", "cardenales","Santafé","Verde...", que palabras alusivas al equipo. Así mismo en muestra de grandilocuente inteligencia, se componen barras que solo conocen dos de los 5.000 hinchas que pueden llenar cada una de las tribunas laterales. Se pierde entonces el rugir de los 20.000 hinchas para pasar a pataletas de lloriqueo y grititos que se lleva el viento, gracias a esto he visto más de 4 derrotas de un equipo que, si tuviera la hinchada que estaba sentada en las tribunas, hubiera aplastado al más fuerte de los rivales. En lugar de eso vi en días pasados como 15.000 hinchas de Nacional pudieron dejar en silencio a 27.000 de Millonarios.

Las barras son para alentar a sus equipos, para jugar con la 12 y hacer valer la casa. Así sea solo gritar "Azuuuuleeesss", "Millos","EMBAJADOR", a cualquier ritmo, velocidad, pero todo el estadio y al unísono. Hacer uso de los tambores y redoblantes y no dejarlos callar durante los 90 minutos de juego, y si cansa mucho la solución es rotarlo entre amigos. El domingo pasado, en el clásico capitalino, tome la decisión de cantar solo y logré cuatro veces que me acompañara el resto de oriental, lo que me da incentivos para seguir haciendolo. Lo haré junto con ruegos a los demás espectadores, para hacerlos entender que la entrada al estadio no es calentar puesto o ver más de cerca los jugadores, entrar al estadio es el contrato inquebrantable entre el hincha fiel y apasionado con su equipo; es un compromiso tácito de sudar la camiseta tanto como el jugador lo hace en la cancha, para llevar así al equipo a la victoria.

Sin embargo este es UN ejemplo, de las constantes y numerosas incongruencias discursivas del mundo en el que vivimos... pronto seguiré pensando en más de ellas.

1 comentario:

Carlos Eduardo dijo...

Lo cito "Lo haré junto con ruegos a los demás espectadores, para hacerlos entender que la entrada al estadio no es calentar puesto o ver más de cerca los jugadores, entrar al estadio es el contrato inquebrantable entre el hincha fiel y apasionado con su equipo; es un compromiso tácito de sudar la camiseta tanto como el jugador lo hace en la cancha, para llevar así al equipo a la victoria".

Yo soy uno de aquellos calientapuestos que solo se levantan en aquellas ocasiones que ameritan un "uy!" o un "gol" (o un "h...").

Es más, a pesar de que soy hincha de Millonarios y sufro y me amargo la mayoría de veces que voy al Campín, debo confesar que esa no es la principal razón por la que voy al estadio (igual solo voy unas 6 veces al año).

Desde pequeño lo más interesante para mí no es el fútbol en sí (que igual es interesantísimo), sino el comportamiento de la gente (incluyendome a mí) en torno al fútbol.

Y es que lo único que he podido entender de lo que me pasa cuando veo jugar a Millos es que no es racional. Y entonces me llama la atención, como todo lo que no puedo explicar.

De lo que sí estoy seguro es de que no hay tal compromiso tácito con el equipo de estar alentándolo todo el partido. Para un compromiso se necesitan dos y el hecho de que muchas personas sientan ganas de pararse, cantar y gritar, no significa que los demás tengamos que hacerlo. De todas maneras les damos gracias por la externalidad positiva sobre el equipo.

Digamos que la incomodidad de gritar algo cuando no quiero hacer es mayor que la felicidad que me genera la mejora del equipo gracias a mis gritos como individuo.

Mejor me amargo callado.